Cinco claves para hacer realidad tu planificación

Cinco claves para hacer realidad tu planificación
Cinco claves para hacer realidad tu planificación

En el artículo anterior, Cómo alcanzar los objetivos que te propones, nos hemos ocupado, entre otras cosas, del orden, la primera de las claves para que la planificación pueda hacerse realidad y podamos alcanzar los objetivos propuestos. Continuamos adentrándonos en el arte de conseguir lo que nos proponemos con más de estas claves.

Las claves de la buena planificación

Junto al orden, la constancia emerge como la segunda de las claves en el arte de hacer realidad la planificación.

La planificación y la constancia

La constancia es el fruto de la fortaleza.”

La constancia, dice el psiquiatra Enrique Rojas en su libro 5 consejos para potenciar la inteligencia, es uno de los pilares de la personalidad madura. Todo hábito es el fruto de la continuidad en el esfuerzo. La constancia ayuda a no caer en el “cortoplacismo” y a mantener la mirada en el horizonte de la planificación elaborada. El orden y la constancia se ocupan de los objetivos a corto plazo, que se pueden medir y que están claramente delimitados. Es el logro de lo pequeño, de lo cotidiano, lo que genera una gran satisfacción y eleva, así, el nivel de motivación para continuar. Es el foco en la gran meta, a medio o largo plazo, lo que nos mantiene en la senda que queremos recorrer, pero eso no será posible sin los objetivos a corto plazo. Y dedicarse a ellos, con constancia, requerirá de múltiples esfuerzos y renuncias, incluso a veces sacrificios, y no obstante, es esa constancia que acompaña al orden estático y al orden dinámico la que pone, como ya he expresado en otros artículos, “la carne y los huesos” al sueño que pretendemos alcanzar en nuestra planificación.

Orden y constancia son un binomio inseparable. Lo que no significa que ser constante y ocuparse de los objetivos a corto plazo sea lo mismo que el “cortoplacismo”, pues, con lo primero, nuestra mirada está puesta en la lejanía, y con lo segundo, vivimos en la fijación emocional de lo inmediato. Podríamos decir que la constancia es el fruto de la fortaleza; y que la fortaleza se enraíza y crece con el entrenamiento y el ejercicio de la constancia. Y de todo ello emerge el hábito de la personalidad madura, pues es signo de madurez de la personalidad la visión de futuro. La duda, la dificultad, la inseguridad de si se conseguirá o no cumplir con la planificación son compañeras de camino, y de ahí la importancia de saber lo que se quiere. “Querer es activar la perseverancia sobre aquello a lo que uno aspira y que se ha fijado como propósito” (E. Rojas).

La planificación y la voluntad

La voluntad es el arte de diferir la recompensa.”

Las investigaciones lo demuestran: la voluntad es más importante que la inteligencia. Se podría decir que la voluntad es la facultad para gobernar nuestra conducta de forma libre y consciente. La voluntad parte de la inteligencia (razón) o de los sentimientos (afectividad), o de ambos a la vez. El ejercicio de la voluntad implica la renuncia a la satisfacción cercana, a lo inmediato, en pos de una satisfacción posterior, diferida, que es la realmente querida, la que otorga sentido emocional a la planificación realizada. Quién va educando la voluntad y actuando de este modo, se va haciendo cada vez más libre, más capaz de tomar decisiones sin estar dominado o dominada por las emociones y los deseos, que pueden esclavizarnos. El ejercicio y el entrenamiento de la voluntad van dotando nuestra personalidad de mayor madurez al ir haciendo suya la templanza.

Un ejemplo: el caso Dunedin

Un estudio realizado con niños de Dunedin (Nueva Zelanda) y cuyo desarrollo fue rastreado durante décadas mostró que los niños que más autocontrol habían mostrado durante su infancia eran también los que, al entrar en la treintena, mejor se desenvolvían: mejor salud, más éxito económico y menos problemas con la ley. Y a la inversa en los casos contrarios. Lo más sorprendente es que el análisis estadístico demostró que el nivel de autocontrol de un niño demuestra ser un predictor tan poderoso de su éxito financiero adulto, de su salud y de su historial delictivo como la clase social, la riqueza de la familia de origen o el coeficiente intelectual (CI). Incluso, el autocontrol infantil demostró ser, por lo que respecta al éxito financiero, un predictor más fuerte que el CI o la clase social de la familia de origen.

Y lo mismo se puede decir con respecto al éxito escolar, fruto de un experimento realizado con niños estadounidenses de 2º ESO: el autocontrol se mostró en una relación más positiva con los resultados académicos que con el CI. Pero el autocontrol no sólo se mostró un predictor del éxito académico, sino también del ajuste emocional, las habilidades interpersonales, la sensación de seguridad y la adaptabilidad.

Algunas conclusiones

La conclusión es que, por más buena formación académica que se tenga (ya que hoy en día la formación está al alcance de muchos) y por más CI que se tenga, el autocontrol, fruto de la autoconciencia, marca la diferencia, pues es lo que permite aumentar los niveles de excelencia. El éxito vital y el éxito profesional van inseparablemente unidos, pues de otro modo, los niveles de experiencia no se vivirían alineados y viviríamos nuestra existencia desde la falta de congruencia. La facilidad para seguir los dictados de la propia conciencia y no los estímulos emocionales parece ser tan importante como las buenas escuelas, los buenos profesores y los costosos procesos formativos.

La gestión de los deseos y emociones y el fortalecimiento de la voluntad han sido propuestas de crecimiento hacia la excelencia personal ya desde tiempos de las escuelas filosóficas griegas y otras escuelas orientales y ha llegado hasta nuestros días de la mano de la ascesis cristiana. Hoy sabemos explicar que, cada vez que tratamos de permanecer centrados en una cosa, ignorando el atractivo de otra, a la vez se hace evidente la existencia de un conflicto neuronal, es decir, un tira y afloja entre los circuitos ascendentes (automáticos e inconscientes) y los descendentes (conscientes). Y aquí reside la cuestión de la toma de decisiones y el desempeño de las tareas.

Esfuerzo y técnica en el entrenamiento de la voluntad

Tradicionalmente hemos hablado de “cultura del esfuerzo” para educar la voluntad. Actualmente, sin embargo, no es suficiente desde mi punto de vista con este planteamiento, pues el mero esfuerzo no siempre da los resultados esperados, o la energía que hemos de poner en ese empeño puede ser enorme, descomunal, tanto como para desanimar y caer en el desaliento, lo que minaría los cimientos de la constancia y con ello igualmente del orden. Conviene, además de esforzarse, conocerse cada día más, pues sólo así podremos identificar la “palanca de cambio” que hemos de aplicar en nosotros para cambiar, para encontrar lo que nos pueda estar obstaculizando o limitando y superarlo. E intentarlo a base de esfuerzo es muy duro y no siempre da frutos. Por eso, podemos emplear técnicas y modelos para trabajar la personalidad, crecer y superarnos, como puede ser la Programación Neurolingüística (PNL), el Coaching o la Neuromeditación.

La actualidad del entrenamiento de la voluntad

Este entrenamiento de la voluntad no es nuevo, es muy antiguo, y la tradición educativa occidental se ha ocupado de ello, si bien nuestro sistema educativo ha dejado de tenerlo como herramienta importante desde hace tiempo, tanto en la teoría como en la práctica, pues las leyes de los Gobiernos posibilitan la superación de etapas y cursos a alumnos que no superan los mínimos, lo que hace que muchos de ellos no incorporen en su personalidad el hábito del ejercicio de la voluntad. Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro: el fracaso y el éxito no aparecen de pronto, sino que son el resultado de años de falta de templanza, de falta de entrenamiento de la voluntad, de abandono y dejadez, en el primer caso, o de esfuerzos repetidos, desarrollo personal, empeño por la consecución de objetivos, elaboración de la planificación, planes de acción y feedback de lo conseguido, en el segundo de los casos.

Lo más frecuente es que, quien tiene voluntad, consigue lo que se propone antes o después. La personalidad débil, caprichosa, responde a la filosofía del “me apetece”, que es todo lo contrario que atender y gestionar las emociones. Y en muchas ocasiones, esta forma de estar en el mundo es favorecida por marcos educativos que no saben poner límites, tanto en la familia como en las instituciones educativas: ser capaces de decir “no” es un gran ejercicio de la voluntad de quien educa, que implica saber lo que se quiere para uno mismo y los suyos, y así implica orden, y también constancia y coherencia diarias, y cada padre y madre, cada maestro o maestra, cada responsable educativo pueden conocer bien sus dificultades para este ejercicio del espíritu humano.

Qué es eso que llamamos “fuerza de voluntad”

La voluntad es la capacidad de aplazar la recompensa, una recompensa que tiene una alta componente emocional. Se opone a regirnos por “hacer lo que me apetece” y se consigue venciéndonos en lo pequeño. Una persona sin voluntad es como un niño pequeño, que sólo quiere hacer lo que le apetece, lo que le pide el cuerpo. Y lo más grave es que esa actitud se confunde con la libertad… Una persona con voluntad llega más lejos que una persona inteligente. Por todo ello, uno de los signos de madurez es tener trabajada la voluntad.

Las claves del éxito en la planificación

Ya hemos visto cómo el orden, la primera de las claves para el éxito en la planificación, va inseparablemente unida a la segunda: la constancia. A éstas se añade la tercera, la voluntad, que requiere, como las demás, de su entrenamiento. Motivación y atención son las otras dos claves, de las que nos ocuparemos en el siguiente artículo: Motivación y atención para vivir tus propósitos.

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