
Ante tal obsesión, debemos ejercer una vigilancia inhumana para estar seguros de que todo se hace correctamente. Cuando nuestro ser querido muere, el estado de control al que nos estamos refiriendo puede alargarse hasta el momento del entierro, ya que, después de todo, aún quedan llamadas que hacer y decisiones que tomar respecto al tipo de ceremonia, el lugar y el día de ésta, etc.
El control es como la sal: una pequeña cantidad puede hacer que algo mejore; demasiada, puede estropearlo por completo.
El control cubre y alivia ciertos sentimientos, tales como la tristeza, el dolor o la ira. Dentro del rango de la normalidad, tratar de controlar motivados por estas emociones de fondo acaece dentro de lo saludable. Sin embargo, muchos prefieren luchar (y controlar es una forma de lucha) porque no son capaces de soportar el sufrimiento que provoca, primero la probable pérdida (antes de que ocurra), y, después, la pérdida misma. El control cubre las sensaciones más vulnerables que residen en el interior. Y lo hace ofreciendo una ilusión de seguridad que nos ayuda a creer que nada se ha desmoronado, pero eso es lo único que es, una ilusión. Y tratar de acabar con ese control puede ser algo realmente difícil, especialmente para aquellas personas cuyos rasgos de personalidad esenciales les llevan, ante el dolor y el estrés (ante situaciones de amenaza en general), a huir de todo sufrimiento y a planificar y a anticiparse a todo con tal de no pasarlo mal.
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