
Con la “fuerza” camuflamos nuestro dolor, nuestro pesar, nuestra pena. Pero, cuando arrinconamos el dolor, éste no desaparece, sólo lo arrinconamos. Es más, se ulcera o se enquista de mil maneras. En el duelo, conviene entender que la fuerza y el dolor pueden ir de la mano. Y la fuerza, en el duelo, se puede presentar de muchas formas diferentes.
Cuando dejes de resistirte ante el dolor, descubrirás que eres mucho más fuerte de lo que imaginabas.
No olvidemos, por otro lado, que necesitamos experimentar el duelo por completo para conseguir la sanación. Y la única salida posible es atravesar el duelo. Por eso, lo podrás aplazar, con fuerza, pero no lo podrás evitar. Retrasar el momento del duelo es vivir con el dolor escondido apaciblemente o, en algunos casos, no tan apaciblemente.
Cuando el dolor y la tristeza te golpean, puedes experimentarlos. Si te sientes triste, permítete sentir la tristeza. Haz lo mismo con la ira y la desilusión. Si necesitas llorar durante todo el día, hazlo. Lo único que conviene evitar es reprimir el dolor o intentar forzarlo de manera artificial cuando todavía no está maduro para expresarse. Si puedes, no lo lances contra los demás; canalízalo, exprésalo para sacarlo fuera de ti. Lo que estaremos intentando conseguir ahora con ello es sentir el dolor, y después sentir el alivio que le sigue.
Ten en cuenta que, cuando el dolor golpea con toda su fuerza, intentamos resistirnos por instinto a esa sensación arrolladora. Sin embargo, la resistencia al dolor sólo sirve para magnificarlo. Intenta sumergirte en él y sentir cómo se expande. Permite que fluya por ti y siente cómo la fuerza vuelve a tu cuerpo y a tu mente. Cuando dejes de resistirte ante el dolor, descubrirás que eres mucho más fuerte de lo que imaginabas. La paz se encuentra en el centro del dolor y, aunque dolerá, te moverás a través de él mucho más rápido que si te distraes con cosa ajenas.
Junto a la necesidad de recorrer el dolor, también la mente a veces necesita un descanso, y es saludable un poco de distracción. Una de las mayores equivocaciones que podemos cometer al intentar ayudar a un amigo es intentar alejarlo de su duelo antes de estar preparado. No podemos pretender decirle a nadie cuál es el momento de que termine la tristeza. Puede ser dentro de un mes, un año, dos años, o mucho más. Sólo uno/a sabe cuándo la pérdida ha pasado a formar parte de sí, y ése será el momento de salir al mundo y reincorporarse a él.
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