Efectos no deseados de la meditación

¿Has oído hablar a alguien de los efectos no deseados de la meditación, o de los efectos adversos, experiencias perturbadoras o efectos nocivos de la meditación? Sí, hay investigaciones sobre ello y, además, no es un tema nuevo. Si buscas es periódicos o en portales de Internet encontrarás muchas publicaciones en las que se habla de todo ello. Y en todo eso que se oye o se lee, ¿qué hay de verdad; qué hay de sensacionalismo; qué hay de desconocimiento; qué datos científicos los fundamentan? Recuerdo varios casos de mi experiencia docente y de acompañamiento en meditación que pueden considerarse como efectos no deseados de la meditación. Y yo mismo he vivido algunos de ellos. También la literatura de la ciencia contemplativa expone casos de personas que se encuentran con estos efectos no deseados. Veamos en qué consisten y qué suponen.


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La investigación de los efectos no deseados de la meditación

La historia que ahora brevemente voy a relatar comienza en la primavera de 1992. En esos días, un equipo de científicos compuesto por hombres y mujeres se dirigió a las empinadas colinas del Himalaya que rodean la aldea de McLeod Ganj. Allí vivían el Dalái Lama y el Gobierno tibetano en el exilio. Desde allí, y cargados con electrodos y amplificadores EEG, monitores de ordenador, equipos de videograbación, baterías, generadores…, marcharon montaña arriba en busca de monjes que vivían en ermitas para las que no había sendero alguno de acceso. ¿Puedes imaginarlo? Su pretensión era monitorear la actividad cerebral de aquellos monjes mientras practicaban su meditación. Pero…, ninguno de ellos accedió a participar en las investigaciones. Ni siquiera la recomendación del Dalái Lama para que participaran impidió el fracaso de la expedición. Resultó que la manera de pensar de los monjes no era la de los científicos, y ello supuso que el procedimiento trazado por los científicos para la investigación no sirviera. Y se volvieron con todo el equipo de vuelta a sus laboratorios de Estados Unidos.

Afortunadamente, la historia no terminó aquí. Más tarde Matthieu Ricard provocará un vuelco en esta historia. Ricard fue uno de los participantes en los diálogos organizados por el Mind and Life Institute, que reunía al Dalái Lama con grupos de científicos para progresar en su objetivo: unir la ciencia y la sabiduría contemplativa para entender mejor la mente y crear un cambio positivo en el mundo. Licenciado en Genética molecular por el Pasteur Institute de Francia, Ricard abandonó su carrera en biología tras doctorarse para convertirse en monje budista. Y fue invitado a participar en aquellos diálogos, en los que conoció a Richard Davidson, catedrático de Psicología y Psiquiatría en la Universidad de Wisconsin (EE.UU) y director del Laboratory for Affective Nerosciencie y del Waisman Laboratory for Brain Imaging and Behavior. Davidson es un reputado neurocientífico mundialmente reconocido por sus investigaciones sobre los efectos de la meditación. La amistad surgida entonces resultó decisiva, pues Davidson, que fue uno de los científicos que viajaron a McLeod Ganj en aquella fallida expedición de 1992, invitó a Matthieu Ricard a colaborar en sus investigaciones. De esta forma, Ricard se convirtió en el primer monje en ser estudiado en el laboratorio de Davidson.

Para entender mejor la importancia del papel que desempeñó Ricard, es interesante conocer la anécdota del cortisol. Davidson cuenta en su libro “Los beneficios de la meditación” cómo en la década de los 80 del siglo pasado trató de averiguar la relación entre la tasa de cortisol en sangre y el estado de nibbana (la meta última del camino de meditación birmano). El resultado fue que dicha tasa es irrelevante para la investigación sobre el estado de nibbana. Podríamos suponer que el cortisol, una hormona producida por la glándula suprarrenal y que se libera como respuesta frente al estrés, descendiera su tasa en sangre al alcanzar altos estados meditativos, pues cuando una persona medita, disminuye su estrés. Esta presuposición, creo que normal, podría haber llevado desde entonces a incorporar en los protocolos de investigación sobre los efectos de la meditación la medición de la tasa de cortisol en sangre. Y así podría haber sido, pero resultó una medida irrelevante. Descartar la medición por irrelevante puede ser considerada una avance en la investigación. No obstante, si ponemos el foco en el procedimiento elaborado para la investigación, como el mismo Davidson escribe, supuso un error que reconoce: decidieron medir esa tasa sólo porque les habían prestado el laboratorio. En esa época, la determinación de la tasa de cortisol en sangre era un tema de actualidad en la investigación, y la elección de la medida no dependió tanto de la existencia de una correlación clara entre el nibbana y el cortisol como del simple hecho de que les habían prestado el laboratorio de uno de los principales investigadores del cortisol.

La generación de una teoría fundamentada

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Con el paso de los años, y antes de colaborar con Matthieu Ricard, Davidson y su equipo ya habían avanzado y mejorado la elaboración de los procedimientos para la investigación sobre la meditación. Trabajaron generando hipótesis que pudieran someterse a una verificación crítica. Es lo que en el mundo de la ciencia se conoce como generación de una “teoría fundamentada”. Es decir, la generación de una teoría derivada de la sensación personal directa de lo que está ocurriendo.

Medir los efectos de la meditación, y más aún los efectos no deseados de la meditación, requiere procedimientos en primera, segunda y tercera persona. La investigación de los beneficios y de los efectos no deseados de la meditación tiene como objeto de estudio algo muy peculiar. No es la temperatura del ambiente, ni la distancia entre dos puntos, no es la fricción entre dos cuerpos; no es, en definitiva, nada externo. El objeto de estudio es la experiencia interna en primera persona. Y medidas como la tasa del cortisol en sangre requieren de instrumentos que proporcionan datos objetivos de realidades que no forman parte de ese mundo interior. Técnicamente, la evaluación interna requiere un informe en “primera persona”, mientras que las medidas son informes en “tercera persona”.

Se da un paso más en esta historia cuando se cae en la cuenta de que lo que se está estudiando permanece oculto en la mente o el cerebro de la persona y, además, es ajeno a quien dirige la investigación. Y esto nos hace entender mejor la importancia del papel que desempeñó Matthieu Ricard. Contar con expertos como Ricard en este dominio tan particular posibilita una precisión metodológica que elude las meras conjeturas. Debido a su formación en biología molecular y a su familiaridad con el método científico, Ricard pudo zambullirse en el diseño de los métodos que se utilizarían para medir su propia experiencia interna durante la meditación, y colaborar con el equipo de Davidson. De esta manera, Ricard se convirtió en investigado (primera persona), en investigador (segunda persona) y en diseñador de las herramientas de medición adecuadas (tercera persona).

Los frutos de los protocolos de investigación en primera, segunda y tercera persona han sido muchos en las últimas décadas en relación a los beneficios de la meditación. ¿Cuál es el estado de la investigación sobre los efectos no deseados de la meditación?

Efectos no deseados descritos en las investigaciones

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Si buscamos publicaciones acerca de las investigaciones sobre efectos no deseados de la meditación, encontraremos muchas, pero las referencias se hacen a sólo unos pocos artículos científicos. Actualmente no es mucha la investigación relacionada con los efectos no deseados de la meditación. ¿Cuáles son, en cualquier caso, esos efectos no deseados?

En un artículo científico de Ausiàs Cebolla y otros colaboradores, se exponen las conclusiones a las que llegan desde su investigación en la Universidad de Valencia (junto con otras instituciones de Madrid, Barcelona y Zaragoza en España, y de San Pablo en Brasil). En ese artículo se enumeran los síntomas que quedan recogidos bajo la categorización de efectos no deseados de la meditación:

  • Síntomas de ansiedad (incluyendo ataques de pánico).
  • Dolor (estómago, dolor de cabeza, dolor muscular, náuseas).
  • Despersonalización y desrealización.
  • Hipomanía o síntomas depresivos.
  • Labilidad emocional (cambio rápido, incontrolado y puede que excesivo del estado emocional).
  • Problemas de focalización visual.
  • Pérdida de conciencia o mareos.

Los síntomas indicados son el reflejo del análisis de una encuesta realizada a 342 personas, de las que 87 aportaron información sobre los efectos no deseados de la meditación. ¿Y cómo de problemáticos son para quienes meditan? La mayoría de estos efectos fueron transitorios, no impidieron continuar con la práctica de la meditación y no requirieron asistencia médica.

¿Efectos no deseados normales?

¿Podemos, entonces, considerarlos como algo normal y sin importancia? Desde mi experiencia, puedo decir lo siguiente. Recuerdo el caso de una chica joven, cerca de los 30 años, que asistió a uno de mis talleres de Neuromeditación en Málaga (España). Éramos un grupo reunido en una sala, y la intención de la reunión era la de facilitar el acercamiento a la meditación desde la teoría y la práctica. Sentados en sillas (no en cojines de meditación, como en otros casos), realicé una meditación guiada, manteniéndome en observación de los participantes. En el transcurso de la meditación, me di cuenta de que esta chica se movía, que aparentemente estaba inquieta, y que acabó abriendo los ojos y dejando de meditar antes de que acabara la guía de la meditación. Después compartimos las experiencias, y ella nos contó cómo, al comenzar al sentir la quietud y el silencio, sintió miedo, pánico, y dejó de meditar. Sin ser algo muy frecuente, hay personas que al acercarse por primera vez a la meditación, o durante las primeras veces, sienten la experiencia como algo desconocido, y lo desconocido les da miedo, adentrándose, sólo algunas de estas personas, en una vivencia de pánico. No obstante, tras dejar de meditar y desvincularse de las emociones, ese miedo o ese pánico desaparecen y la vida continúa sin ningún problema.

En otro curso que impartí, en esta ocasión de Programación Neurolingüística (PNL), al introducir algunos mecanismos de la mente inconsciente, tuvimos una sesión de Neuromeditación para ilustrar vivencialmente algunas de las experiencias referidas. Otra mujer, de unos 50 años, en un momento determinado, ya cerca del final de la sesión guiada, abrió los ojos repentinamente y dejó de meditar. Yo le vi, y con gestos nos comunicamos, de manera que yo supe que estaba bien. Después, al poner en común las experiencias de quienes deseaban hacerlo, ella compartió que había alcanzado un estado de quietud desconocido para ella y que se asustó al darse cuenta de que casi había dejado de respirar. El susto le hizo abrir los ojos y dejar la meditación. Evidentemente, no había dejado de respirar, pero sus respiraciones por minuto sí que habían disminuido. Esta experiencia tampoco supuso problema alguno.

Aquello fueron experiencias de grupo. También recuerdo aquella otra joven, algo mayor que la primera, que en el transcurso de los meses que duraba el curso de Neuromeditación en el que participaba experimentó mareos al terminar algunas de las sesiones de meditación. En este caso, la experiencia fue de meditación individual, no grupal. Y es un caso más frecuente. Al meditar, el cerebro se oxigena, y cuando el punto de partida es de una mente acelerada, ajetreada, muy ocupada, la sensación de mareo se produce con cierta asiduidad. Es una sensación que yo mismo he experimentado en alguna ocasión, y que, además, no es privativa de la meditación. Lo mismo puede ocurrir cuando el punto de partida es similar y hacemos algún tipo de ejercicio físico. En el peor de los casos, lo que se requiere es permanecer sin levantarse hasta que se pase. Ésta es una de las razones por las que, al terminar de meditar, permanecemos un poco de tiempo desperezándonos sin levantarnos.

Otro ejemplo que tengo registrado es el caso de una mujer, madre de familia, empresaria, y que, en el momento en que participaba en el curso de Neuromeditación, se hallaba en proceso de separación de su marido. Es otro caso de experiencia de meditación individual, aunque durante el curso también meditábamos en grupo. Esta mujer compartió conmigo que, en una ocasión, durante su sesión de meditación individual, sintió unas ganar irrefrenables de llorar acompañadas de un estado de tristeza en el que se sumió. Dejó de meditar y lloró y lloró. Su tristeza se alivió, aunque no desapareció. Y compartió conmigo cómo, a pesar de que a nadie le agrada llorar y sentirse triste, comprendió que había soltado lo que llevaba dentro y que no dejaba salir por mantenerse en la actitud de “ser fuerte”. Y se sentía agradecida por lo acontecido en la meditación.

Todos estos efectos, ¿son síntomas normales que no tienen importancia? Lo que desde mi experiencia puedo aportar se basa en vivencias como las que he relatado. Los síntomas señalados por los científicos se manifiestan con frecuencia, y, como ellos mismos expresan en los resultados compartidos en los artículos científicos, son síntomas transitorios, que no impiden la mayoría de las veces continuar con la meditación y que no requieren de asistencia médica. Lo que sí se solicita con frecuencia ante estas experiencias es el seguimiento por parte de alguna persona experta en meditación que pueda arrojar luz a la vivencia para guiarla y generar la paz que se requiere ante los síntomas que emergen. Parece, entonces, que los efectos no deseados de la meditación descritos hasta el momento son normales, y la importancia está relacionada con la capacidad de quien acompaña las experiencias de meditación para guiarlas y enmarcarlas en el camino que les corresponde.

Por tanto, con las experiencias que he compartido pongo de relieve la relativa, escasa o nula relevancia de tales efectos no deseados de la meditación. A la vez, señalo un hecho que me parece significativo: poder aportar información sobre las vivencias desde la perspectiva de “primera persona” y no sólo desde la información de “tercera persona” que ofrece una encuesta, permite interpretar lo vivido con una objetividad que no permite el análisis de una encuesta. Esto tiene que ver con la idoneidad del procedimiento científico para la investigación de los efectos no deseados de la meditación. Sobre ello diré algo más adelante.

Efectos no deseados importantes

En varios artículos científicos se mencionan algunos problemas psiquiátricos negativos que podrían estar relacionados con la meditación. Maribel Rodríguez, psiquiatra y doctora en medicina, Profesora en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, Directora del Centro Engramas de Psicoterapias Integradoras de Madrid y Directora de la Cátedra Edith Stein de la Universidad de la Mística de Ávila, distingue en su Estudio sobre “Efectos Adversos” Relacionados con la Meditación entre efectos psicológicos negativos, alteraciones psicopatológicas y efectos espirituales “negativos”. Rodríguez señala que los efectos psicológicos negativos consisten en reacciones psicológicas que producen malestar en el individuo o en sus relaciones interpersonales, pero que no desencadenan necesariamente problemas psiquiátricos. Estos efectos son similares a los efectos no deseados de la meditación que he indicado más arriba.

Las alteraciones psicopatológicas se referirían a alteraciones desencadenadas o agravadas por la práctica de la meditación, como cuadros de ansiedad y crisis de pánico, reacciones de despersonalización, desrealización, disociación, alteraciones perceptivas y agitación, intensa angustia por emergencia de recuerdos traumáticos, fuertes emociones negativas que podrían llegar a desencadenar cuadros de intenso estrés, exacerbación de síntomas depresivos, con algún intento de suicidio o suicidio, recaídas en pacientes esquizofrénicos o personas con antecedentes de psicosis por drogas…

Maribel Rodríguez resalta que todos estos datos han llevado a diversos autores a concluir que la meditación puede estar contraindicada en algunos individuos, en los que puede desencadenar problemas psiquiátricos graves. Así, estaría contraindicada en los siguientes casos: antecedentes de brotes psicóticos, vulnerabilidad a la psicosis, personalidad esquizotípica, personalidad esquizoide, trastornos disociativos y trastornos somatoformes (hipocondriasis y somatización).

Por su parte, los efectos espirituales “negativos” señalarían momentos difíciles o situaciones que provocan o movilizan emociones negativas en relación con la práctica espiritual, pero que pueden ser parte de un proceso en sí mismo positivo. Por ese motivo, se entrecomilla la palabra “negativos”. Algunos ejemplos en esta línea son la “noche oscura del alma” a la que se refiere San Juan de la Cruz, la toma de conciencia del mal que hay dentro de nosotros (como señalan Santa Teresa y otros místicos de diversas tradiciones), el despertar de la Kundalini, la soberbia o inflación psíquica en la que uno siente que está por encima de otros y donde las experiencias vividas se atribuyen al ego, las visiones (que hay que diferenciar de los fenómenos alucinatorios), el makio (también llamado pseudo-nirvana en el Zen), las crisis de fe, la adicción al trance (que es difícil de distinguir de la reacción psicológica o espiritual), la “muerte del ego”, la sensación de vacío, la “glotonería espiritual” (que tiene que ver con la búsqueda compulsiva de experiencias paranormales), y otros.

Al analizar los datos que Rodríguez maneja en su investigación, indica que es importante tener en cuenta que parte de los efectos descritos pueden darse en personas que previamente tienen alteraciones psicopatológicas y que buscan la meditación como un remedio a su malestar, que no se ve aliviado, sino que podría hacerse aún más consciente al meditar. Junto a esto, también comenta que parece que las cuestiones más importantes tienen que ver con el conocimiento en profundidad de los procesos meditativos (lo que requiere tener una experiencia en primera persona de la meditación), que permita entender, en caso de surgir problemas, si lo que alguien está sufriendo es un síntoma de un trastorno psiquiátrico, o si es una vicisitud que forma parte del proceso, que tiene un sentido en sí mismo, y que puede posibilitar una transformación de la personalidad del sujeto a un estado más saludable.

Problemas mentales preexistentes

Ya he apuntado el problema de considerar entre los efectos no deseados de la meditación los casos referidos a aquellas personas que previamente tienen alteraciones psicopatológicas. Este asunto es recurrente en los escasos artículos científicos que he encontrado acerca de los efectos no deseados de la meditación. En otro artículo científico, publicado por colaboradores ingleses, alemanes y eslovenos, expresamente se dice que no se ha hecho una evaluación previa de los posibles problemas de salud mental preexistentes entre los participantes de la encuesta en la que se fundamenta su trabajo. En esta ocasión, la encuesta consideró la aportación de 1.232 participantes. Se pidió a los participantes que informaran sobre sus datos demográficos y que respondieran a la siguiente pregunta sobre experiencias particularmente desagradables relacionadas con la meditación: “¿Alguna vez ha tenido alguna experiencia particularmente desagradable (por ejemplo, ansiedad, miedo, emociones o pensamientos distorsionados, sentido alterado del yo o del mundo), que usted cree que puede haber sido causado por su práctica de meditación?

Junto a la no evaluación de posibles problemas mentales preexistentes entre los participantes, la excesiva simplicidad de la pregunta, así como su apertura a la valoración no necesariamente fundamentada de estos participantes, nos conduce de nuevo al error que Davidson señalaba sobre su propia investigación. Como consecuencia de descubrir errores en la elaboración de los procedimientos para la investigación, Davidson y su equipo señalaron la necesidad de fundamentar la investigación en informes en primera, segunda y tercera persona.

La metodología de las investigaciones sobre los efectos no deseados de la meditación

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“Si la única herramienta de investigación que tiene una persona es un martillo, entonces todas las preguntas comienzan a parecer clavos.”

(Abraham Maslow)

Actualmente, y hasta donde yo he podido estudiar, las investigaciones sobre los efectos no deseados de la meditación son escasas, y su metodología, desde mi punto de vista, no es la más adecuada. Como ya ha quedado claro desde la historia de Matthieu Ricard y Richard Davidson a la que he aludido anteriormente, los protocolos de investigación sobre la meditación deberían contar con informes en primera, en segunda y en tercera persona. Los resultados de una encuesta son informes en tercera persona que no cuentan más que con algunos datos de los participantes que no pueden ser considerados como informe riguroso en primera persona y suficientemente válido para estos fines. Además, la “segunda persona” en la investigación (los investigadores), dadas las interpretaciones que apuntan, no parece que conozcan los efectos “no agradables” del camino espiritual. Y esto supone un obstáculo, pues la experiencia interna del investigado (participante) no está en la mente del investigador.  

El problema de la terminología

Este obstáculo de la “segunda persona” en la investigación puede conducir a lo que de hecho queda patente en las discusiones de los artículos científicos. La terminología empleada para referirse a los efectos que constituyen el objeto de las investigaciones arroja una interpretación “a priori” de ese tipo de fenómenos que emergen entre los practicantes de la meditación. Cuando en la misma pregunta que se ha de responder en la encuesta se etiquetan a los fenómenos objeto de estudio como efectos “no deseados”, y cuando en los títulos de los artículos científicos se categorizan a tales efectos como “no deseados”, estamos generando un sesgo interpretativo, estamos favoreciendo un mapa mental que conduzca a leer los fenómenos a estudiar como algo desfavorable.

Si hacemos un repaso de la variedad de titulares que podemos encontrar en periódicos o en revistas de divulgación, encontraremos que a los efectos a los que me estoy refiriendo en este artículo se los denomina de múltiples formas: “efectos no deseados”; “efectos negativos”; “efectos adversos”; “contraindicaciones de la atención plena”; “experiencias perturbadoras”; “situación psicológica desagradable”; “efectos nocivos”; etc. Sin duda, muchas de estas publicaciones buscan un sensacionalismo que atraiga a los lectores. Y sin entrar a criticarlo, lo cierto es que habrá lectores no suficientemente informados, o no conocedores de la meditación, que de entrada adopten una óptica que posiblemente distorsione la realidad de los fenómenos sobre los que lee.

Mi propuesta, como la de algunos de los científicos y profesionales que han escrito en los artículos científicos sobre este tema, es que se denomine a tales fenómenos objeto de estas investigaciones como “efectos no agradables”. Categorizarlos de esta manera nos conduce a saber que al meditar podemos tener vivencias que no agradan, pero que pueden ser deseables para el crecimiento y el desarrollo personal.

Y podríamos preguntarnos: ¿los problemas psicopatológicos también serían deseables? Alguna respuesta se facilita en los mismos artículos científicos: según los investigadores, los datos no llevan a un consenso sobre si los efectos están relacionados con las prácticas de meditación o no. Y mientras esta relación no se demuestre, la pregunta no es si conviene desear que aparezcan problemas psicopatológicos al meditar, sino si esos problemas ya estaban.

Una vez más, para alcanzar una respuesta satisfactoria sobre esta cuestión debemos mejorar la metodología de la investigación. Y dos aspectos son más que relevantes para este fin: primero, la incorporación del estudio previo sobre la preexistencia de problemas psicopatológicos en las personas que se acercan a la meditación; y, segundo, la incorporación de grupos de control. Hoy en día no hay investigación rigurosa que no cuente con grupos de control para poder contrastar datos. Y las investigaciones fundamentadas en una mera encuesta no cuentan ni con el estudio de psicopatologías preexistentes ni con grupos de control.

Efectos no deseados de la meditación versus camino espiritual

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Las diferentes grandes tradiciones espirituales comentan los “efectos no deseados” (o efectos no agradables) del camino espiritual. Por ejemplo, son comentados en el Visuddhimagga (El sendero de la purificación), un tratado del Budismo Theravada, que, por ejemplo, habla de las crisis que se pueden vivir cuando quien medita experimenta la liberación provisional del peso de los pensamientos. También la Cábala judía se refiere a ellos, afirmando, con claridad, por ejemplo, que los métodos contemplativos son más adecuados para la gente madura y advierten del peligro de disgregación que pueden suponer para un ego mal formado. En Occidente estamos muy familiarizados con la expresión “noche oscura”, que hemos heredado de la tradición cristiana. San Juan de la Cruz, místico conocido en el mundo entero, se refiere a la “noche oscura” en prácticamente todos sus escritos. Desde “Subida al monte Carmelo” hasta el “Cántico espiritual”, pasando por “Noche oscura” y “Llama de amor viva”, este monje carmelita habla una y otra vez de las dificultades que encontrarán los meditadores y los contemplativos en su camino espiritual.

Sin duda invito a la lectura de estos textos. En mi libro La meditación en Occidente. Filosofía, religión y Neurociencia se puede acceder al estudio sistemático que realicé sobre la meditación en san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Allí, de forma resumida y agrupada, quien le interese puede introducirse en lo relacionado con la experiencia de la “noche oscura” y en la meditación de tradición cristiana occidental en general. Pero en este momento quiero señalar que san Juan de la Cruz, además a estados de ánimo y mentales no agradables, se refiere también en su obra “Noche oscura”, dentro de los obstáculos que quienes se adentran en la meditación pueden encontrar, a algunos hábitos de la personalidad que conviene perfeccionar. Los denomina “vicios” y propone recorrer el camino que nos purifica de ellos. Y esa purificación nos será siempre agradable y puede ser costosa, más para unos, menos para otros.

Por tanto, la experiencia que llamamos “noche oscura” se compone de efectos en el ánimo, efectos en la mente, efectos en la personalidad y efectos espirituales. Recorrer el camino espiritual implica, entonces, atravesar estadios placenteros y estadios no placenteros del ánimo, de la mente, de la personalidad y del espíritu. Y a tales experiencias les llamamos “noches” porque, como el mismo san Juan de la Cruz comenta, en ellas el alma camina como de noche, a oscuras…

El camino espiritual

Richard Davidson, uno de los investigadores de meditación que vengo citando, hace una distinción muy útil para aclarar algunas de las cosas sobre las que estoy hablando. Davidson (junto a Daniel Goleman) propone en “Los beneficios de la meditación” una distinción entre lo que llama el “camino profundo” y el “camino amplio” de la meditación. Es una distinción que yo quiero manejar de forma generalizada.

En el camino profundo encontraríamos un primer nivel, que englobaría las prácticas de la forma más pura que proponen los distintos caminos espirituales. Y también un segundo nivel, que engloba el conjunto de tradiciones que han sido desgajadas del estilo de vida total del que originariamente formaban parte (monjes, monjas, yoguis, frailes…), y que se han adaptado a formas más admisibles para el mundo occidental, soslayando aspectos de la fuente original que no toleraban bien la adaptación intercultural e intertemporal.

En el camino amplio encontraríamos un tercer nivel compuesto por las prácticas meditativas despojadas de su contexto espiritual. Dos ejemplos claros son la práctica para la reducción del estrés basada en mindfulness puesta en marcha por Jon Kabat-Zinn, y la meditación trascendental (basada en la repetición de mantras sánscritos clásicos en un formato accesible al usuario occidental). En este mismo camino amplio tendríamos otro cuarto nivel, que incluiría modalidades más amplias, descafeinadas y accesibles al gran público, y que están ilustradas por las modas actuales de “mindfulness de escritorio” o las aplicaciones de meditación de unos pocos minutos. Y habría un quinto nivel que, seguramente, en el futuro no tardará en llegar a mucha gente. Consistiría en las lecciones aprendidas por los científicos en los demás niveles y que conducirán a adaptaciones e innovaciones que pueden resultar muy beneficiosas. Serán aplicaciones terapéuticas de las prácticas de los caminos espirituales.

En mis cursos de Neuromeditación yo hago una distinción similar aunque con diferentes denominaciones. Yo me refiero a la meditación en sentido amplio o laxo y a la meditación en sentido estricto, técnico o riguroso. En un sentido amplio llamamos meditación a muchas prácticas, y todas ellas cabrían en los niveles 1 a 5 de la distinción de Davidson. Pero en un sentido estricto, riguroso o técnico, yo sólo llamo meditación a las prácticas que Davidson recoge en el camino profundo. Las otras son relajaciones, armonizaciones, inducciones, reflexiones, etc., pero no propiamente meditaciones.

Las adaptaciones y sus consecuencias

Ausiàs Cebolla y sus colaboradores, en Unwanted effects: Is there a negative side of meditation? A multicentre survey, sostienen lo siguiente: “De acuerdo a las Intervenciones basadas en Mindfulness” (MBIs), dos meses es el tiempo mínimo requerido para aprender a meditar.” Para mí, esta aseveración lleva implícito un desconocimiento que puede conducir a expectativas que luego no se ven satisfechas. En dos meses puede que aprendamos bien la técnica con la que queramos meditar. Pero la meditación no es la técnica; la meditación es un camino, un proceso. Y en dos meses, aunque consigamos efectos importantes y beneficiosos, no hemos aprendido a meditar; tan sólo hemos iniciado el camino.

Y este es un problema de la aplicación de la meditación al mundo terapéutico: la meditación no es una píldora, no es un medicamento. Y es un problema que emerge cuando los procedimientos y las prácticas no están diseñadas desde informes en “primera” y “tercera persona”. Es más, la meditación no es un remedio sino una “peregrinación”, por más que su práctica tenga efectos beneficiosos para la salud y el bienestar. Sin embargo, en Occidente, aunque creo que también en muchas partes del mundo, ésta es una perspectiva que se ha extendido en los últimos años y que, desde mi experiencia, me parece que conduce hacia la confusión. Por eso yo propongo un método de meditación cuyo nombre ya es una invitación a ir más allá de esta confusión. La “Neuromeditación SBS” propone un camino de Salud, Bienestar y Sentido.

Dado que la meditación surge en y para el camino espiritual (“camino profundo”), y no para el tratamiento de trastornos mentales, dolores, o tratamientos corporales, sería muy aconsejable que la adaptación de la meditación (en sus diferentes tipos y su extensa variedad) a la intervención terapéutica fuese compartida por científicos, profesionales de la salud y expertos en meditación desde el camino profundo. Se requiere la interdisciplinariedad, tal y como proponen Marco Schlosser y otros colaboradores en Unpleasant meditation-related experiences in regular meditators: Prevalence, predictors, and conceptual considerations.

Y con la distinción entre el camino espiritual y las adaptaciones terapéuticas de la meditación estamos manteniendo una distinción fundamental por la que el camino espiritual se mantiene vigente, y es diferente del camino terapéutico. Sin embargo, éste último sería complementario del primero. Y más aún, yo sostengo que el primero, el camino espiritual, supone mejoras desde el prisma terapéutico y preventivo.

Algunas consecuencias

Las consecuencias, entonces, de despojar la meditación de su contexto espiritual pueden ser varias. Por un lado, podemos confundir el vehículo con el camino. Aprender la técnica no implica, siquiera, haber meditado. Pero, aun habiendo meditado, si no se ha aprendido que la meditación es un camino y quien practica no ha sido guiado/a en esa experiencia de peregrinación, puede vivir muchas experiencias desde la confusión y la ignorancia.

Otra consecuencia es encontrarse con efectos no deseados sin esperarlos y sin saber nada de ellos. Ante esto, es normal la perplejidad y el desconcierto, sobre todo cuando las personas se acercan a la meditación buscando una “píldora” que solucionen sus problemas en minutos, o como mucho en unas horas. A este respecto, dice Maribel Rodríguez, psiquiatra y doctora en medicina a quien ya he citado, en su Estudio sobre “Efectos Adversos” Relacionados con la Meditación, lo siguiente:

[…] parece que las cuestiones más importantes tienen que ver con el conocimiento en profundidad de los procesos meditativos (lo que requiere tener una experiencia en primera persona de la meditación), que permita entender, en caso de surgir problemas, si lo que alguien está sufriendo es un síntoma de un trastorno psiquiátrico, o bien es una vicisitud que forma parte del proceso, que tiene un sentido en sí mismo y que puede posibilitar una transformación de la personalidad del sujeto a un estado más saludable. El mayor peligro puede estar en un uso inconsciente de las técnicas de meditación, en una cultura adicta al bienestar, que pretende usarlas sin tomar consciencia de que el mirar hacia dentro nos puede enfrentar a dificultades (habituales en cualquier camino de crecimiento personal). La instrumentalización de la meditación, al servicio del ego, quizás sea el riesgo más serio en el mundo actual. Hecho que tal vez pueda aumentar la posibilidad de sufrir diversas complicaciones y no saber manejarlas adecuadamente.

Una última consecuencia, aunque se podrían señalar más, es la consideración de que la meditación puede conducir a efectos psicopatológicos graves. En los estudios a los que he accedido no se muestra ni un solo dato que pueda apoyar tal consideración. Más bien parece, como es igualmente el parecer de quienes publican los artículos científicos mencionados, que la contraindicación no viene del lado de la meditación, sino de la debilidad de la salud o de la personalidad de quienes pretendan practicarla. De la misma manera que el ejercicio de la bicicleta estaría contraindicado para personas con problemas en la rodilla, o con poco entrenamiento muscular, dificultad respiratoria, o con problemas cardiovasculares, por ejemplo. Sin embargo, el problema no sería la bicicleta, sino la falta de salud o de entrenamiento. En este sentido, Davidson, catedrático de Psicología y Psiquiatría, neurocientífico y meditador desde hace muchos años, afirma que “las noches oscuras no parecen tener que ver con el historial psiquiátrico”.

Algunas conclusiones sobre los efectos no deseados de la meditación

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Primera conclusión

La primera conclusión es que hay pocos datos sobre este tema. Después de hacer un breve repaso por las aportaciones que los investigadores han mostrado a través de sus artículos científicos, llama la atención la escasez de artículos y de datos en relación sobre los efectos no deseados de la meditación. ¿Hay alguna razón para que esto sea así? Hay que tener en cuenta que durante las últimas décadas los estudios sobre la meditación se han centrado en los beneficios que ésta genera para la salud de las personas y para el rendimiento profesional. Éste ha sido el foco, y no se ha tenido interés en los efectos no deseados de la meditación. No obstante, esta falta de interés seguramente se deba al desconocimiento sobre tales efectos, pues, por el contrario, las tradiciones espirituales sí hablan de los efectos desagradables con los que se encuentran los meditadores y los contemplativos. Pero, al haber despojado a la meditación de su contexto espiritual, las adaptaciones de la meditación en sus múltiples variantes no han contado con esas descripciones de las experiencias de meditación. Y mucho menos se ha contado con expertos y maestros espirituales que pudieran acompañar a quienes se encuentran con los efectos desagradables. Si no hubiera desaparecido el contexto espiritual, se sabría que para alcanzar la plenitud espiritual hay que pasar por experiencias que no siempre agradan, aunque puedan ser incluso deseables. 

Segunda conclusión

La segunda conclusión es que la contraindicación no vendría del lado de la meditación, sino de la debilidad de la salud o de la personalidad de quienes pretendan practicarla. Además, y en consonancia con la primera conclusión, como expresan los mismos investigadores, los datos no llevan a un consenso sobre si los efectos están relacionados con las prácticas de meditación o no.

Al mismo tiempo, los supuestos efectos no deseados que los participantes en las encuestas tenían que seleccionar de una lista de elección múltiple, desde mi punto de vista, tienen que ver más con la personalidad, los aprendizajes y, en definitiva, con el camino de desarrollo y crecimiento personal de cada uno/a, que con problemas psiquiátricos negativos. En cualquier caso, y según afirman los investigadores, son efectos que, aun perteneciendo al ámbito de la práctica de la meditación, son transitorios. A continuación muestro los efectos no deseados a seleccionar de la lista de elección múltiple que utilizaron Cebolla y sus colaboradores en su estudio ya citado:

  • Mayor confusión mental
  • Falta de interés en su entorno
  • Aburrimiento
  • Necesidad de meditación continua
  • Sentir que el tiempo no dedicado a meditar se desperdicia
  • Inquietud / ansiedad cuando no se practica la meditación formal
  • Aumento de la crítica de los demás
  • Mayor conciencia de sus rasgos negativos
  • Sensación de ser superior a ellos / mejor que ellos
  • Sentimientos de aburrimiento causado por la gente
  • Sentimientos de falta de interés en los demás
  • Falta de interés en las conversaciones de las personas
  • Sentir que sólo las personas que meditan son valiosos
  • Sentimiento de estar alienados de la sociedad
  • Hipersensibilidad / rechazo de la vida urbana
  • Dificultad en sentirse cómodo en el mundo

Tercera conclusión

La tercera conclusión tiene que ver con la existencia de un sesgo interpretativo en las investigaciones. Cuando la pregunta que se hace en la encuesta ya cataloga a determinadas experiencias como “no deseadas”, o “no normalmente esperadas”, o como “reacciones adversas”, ya se están presentando con un sesgo interpretativo. De ahí la importancia de que expertos en la meditación, entendida ésta como camino espiritual y no sólo como aplicación terapéutica, sean parte activa de la elaboración de los procedimientos para la investigación sobre los efectos de la meditación. Y, por supuesto, no basta con un tiempo de práctica y unos cursos, por mucho que esos cursos otorguen títulos. Conviene saber que, desde antiguo, los maestros espirituales han sido presentados como pertenecientes a una tradición. Y la escuela o escuelas de esa tradición son las que han asegurado la idoneidad de los maestros. Y a un maestro espiritual se le tiene, entonces, como idóneo cuando se le considera preparado por el camino recorrido, con independencia de los años de práctica o los títulos obtenidos.

Cuarta conclusión

Una cuarta conclusión vinculada a la anterior es que el mapa mental influye. El paradigma interpretativo (conocimientos, vivencias, aprendizajes, creencias, valores, expectativas) de quien medita y participa en las investigaciones aportando datos sobre su experiencia interna al meditar influye en la vivencia obtenida y en la información compartida. Y esto explica que cada practicante de meditación no sólo etiquete experiencias similares con terminología diferente, sino que, lo que para unos es “no deseado”, para otros es bienvenido, aunque no sea agradable. Éste es el caso de quienes recorren su camino espiritual involucrados en algunas de las corrientes espirituales tradicionales: al encontrarse con efectos no agradables de la meditación, ya están familiarizados con ellos. Y esto les ayuda a recorrer los episodios desagradables con cierta aceptación, disposición y normalidad.

Quinta conclusión

La quinta conclusión se refiere a lo que yo denomino la paradoja de la aplicación terapéutica de la meditación. La adaptación de la meditación para fines terapéuticos puede tener consecuencias importantes. Y me parece que no debemos pasar por alto dos aspectos de este hecho:

1) La estrechez del paradigma científico. El mapa desde el que la ciencia interpreta la realidad, por lo general, no reconoce la validez de la propuesta espiritual. Ésta es una de las razones por las que la ciencia adapta las prácticas meditativas despojándolas del contexto espiritual. Pero esta interpretación, este mapa mental colectivo, este paradigma interpretativo de la realidad no ofrece una demostración científica de la no validez de la propuesta espiritual como camino de desarrollo y crecimiento humanos.

2) El inconveniente de la estrechez del paradigma científico. Tanto si se adapta la meditación para aplicarla a fórmulas terapéuticas como si no, la meditación no deja de ser una herramienta espiritual. Una herramienta que abre el camino espiritual a quien no lo estaba recorriendo. Y puede que, quien acceda desde la terapia a la meditación, deje de conocer contenidos que le son inherentes teórica y vivencialmente, porque no le serán propuestos ni enseñados. No obstante, no por eso dejará de encontrarse con episodios del camino espiritual. La paradoja de despojar a la meditación del contexto espiritual y, aun así, conducir a quien la practica desde una modalidad terapéutica hacia episodios de contenido y vivencia espirituales, puede enfrentar a quienes lo hacen con el inconveniente de no saber cómo afrontar los “efectos no deseados” de la meditación. Y peor aún: a contar con terapeutas que tampoco sepan cómo afrontarlos.

Sexta conclusión

La sexta conclusión se refiere al hecho de que, conforme a las estadísticas de las investigaciones, los efectos no deseados de la meditación están relacionados con la frecuencia de la meditación. Cuanto mayor es la frecuencia de la práctica, más efectos no agradables aparecen, especialmente en términos de duración de las sesiones. Desde mi experiencia, me parece muy normal y lógico que los efectos desagradables aparezcan más en practicantes que meditan tiempos largos (más de 40 minutos) que en aquellos que meditan unos minutos o un pequeño rato nada más. Y también que aparezcan más en el camino de quienes meditan con frecuencia, todos o casi todos los días, que en el camino de quienes meditan ocasionalmente. En la medida en que se practica, se avanza en el camino espiritual y se recorren las etapas del mismo, tanto las agradables como las desagradables.

Séptima conclusión

La séptima conclusión es que las investigaciones analizadas en este artículo tienen limitaciones. Cebolla y sus colaboradores lo expresan perfectamente sobre su mismo estudio:

El estudio tiene varias limitaciones. Una de ellas es la selección de la muestra, que no era representativa de la población meditante y fue reclutada a través de Internet. Hay sesgos asociados con esta forma de reclutamiento. Además, los cuestionarios implicaban autoinformes y no se validaban previamente. Otra limitación era que el protocolo era bastante largo; de hecho, el 50% de las personas que accedieron al enlace no completaron la encuesta. Además, muchos participantes que informaron haber tenido efectos no deseados no proporcionaron información sobre las características del episodio. Por lo tanto, podría haber habido un predominio de personas que querían compartir sus experiencias, tanto positivas como negativas. En consecuencia, la extraversión u otros rasgos de personalidad pueden haber tenido alguna influencia en las respuestas. La muestra también fue culturalmente desequilibrada, con una mayor prevalencia de participantes españoles y latinoamericanos. Además, la aquiescencia social también puede producir un sesgo. Algunos efectos no deseados de la meditación no sólo son físicos o psicológicos, sino que también pueden estar relacionados con valores, creencias espirituales y pensamientos profundamente arraigados que el participante puede ser reacio a compartir. Además, en varias tradiciones, los efectos no deseados de la meditación son parte del desarrollo espiritual; por lo tanto, algunos meditadores podrían ver las reacciones como normales, o incluso positivas, y no reportarlas como efectos no deseados.

Octava conclusión

La octava conclusión es que la meditación es una invitación a recorrer el camino espiritual. Me sumo a la propuesta que Marco Schlosser y sus colaboradores hacen en su artículo científico ya citado de ampliar la consideración de la meditación más allá de una mera promoción de la salud y de una técnica de gestión personal. Se trataría de entender que los efectos a los que me estoy refiriendo son elementos constitutivos de la práctica de la meditación y no unos meros “efectos no deseados” o “negativos”. En última instancia, yo propongo que, efectivamente, la meditación puede ser utilizada para la promoción de la salud y para la gestión personal, pero conviene incluir en el camino efectos o, más bien, episodios no agradables y sí deseables.

En definitiva, y esta sería mi conclusión final y mi sugerencia principal, quizá se trataría de recuperar el marco original de la meditación: un ejercicio del espíritu; una herramienta para el camino espiritual. Y, en ello, los días no siempre son agradables, pero sí deseables si nos conducen a un crecimiento, un desarrollo y hacia la plenitud.

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